Irlanda y Nueva Zelanda, los dos primeros del ranking mundial y líderes de sus hemisferios, se miden en Dublín en el partido del año.

El marcador global de los últimos tres partidos entre Irlanda y Nueva Zelanda tan solo beneficia a los oceánicos por tres puntos, una estadística envidiable para cualquier selección. El registro incluye un triunfo de los All Blacks por dos puntos en la última acción del partido, una victoria irlandesa en Chicago –la única de su historia ante el gendarme del oval– y una brutal réplica de los neozelandeses dos semanas después. Los All Blacks llevan seis años al frente de la clasificación mundial y los irlandeses ocupan el segundo puesto tras lograr el Grand Slam –ganar todos los partidos– en el Seis Naciones. Con los calendarios fijados de antemano, no es habitual que las potencias de cada hemisferio se citen; la última vez que midieron sus títulos lo hicieron Gales y Nueva Zelanda en 2012. A diez meses del Mundial, el duelo este sábado entre irlandeses y neozelandes en Dublín (20.00, #Vamos) es una Intercontinental del rugby.

Irlanda ha convertido su depresión mundialista en un acicate. El XV del Trébol llegaba a Inglaterra 2015 como campeona de las dos ediciones previas del Seis Nacionales y cayó por séptima edición consecutiva en cuartos de final tras la lesión de sus dos grandes pilares: Jonathan Sexton y Paul O’Connell. Necesitaron la demostración de poderío en noviembre del año siguiente ante los All Blacks para dar el giro anímico. Su seleccionador, el neozelandés Joe Schmidt, se marcó como meta ampliar el número de efectivos para no depender de los imponderables de un mes de Mundial. Dos años después, su camada saca los dientes tras completar en marzo el tercer Grand Slam de su historia con un triunfo poderoso en Londres y ganar en Australia una serie de tres partidos en junio.

Schmidt está en la terna de candidatos para suceder a Steve Hansen al mando de los All Blacks. Sus perfiles son muy distintos. Mientras el primero informaba en un escueto comunicado de que Conor Murray, un medio-melé de talla mundial, no jugaría el encuentro, Hansen, muy hábil en el uso de los medios de comunicación, respondió que con él habría disimulado la lesión. La derrota en Chicago interrumpió a los All Blacks la secuencia récord de victorias consecutivas, y escoció. Cuando se midieron dos semanas después, imprimieron al choque una brutalidad defensiva desconocida y bordearon el reglamento. Vieron dos tarjetas amarillas y dos cargas durísimas de Malakai Fekitoa y Sam Cane pudieron significar la expulsión.

El seleccionador irlandés analiza dos años después que en aquel partido “se pudo hacer más para proteger la seguridad de los jugadores”. Los aperturas deberán fajarse portando el balón en un duelo estelar de los 10, ambos entre los cinco nominados a jugador del año. Beauden Barrett, ganador del galardón en 2016 y 2017, fue a más en el triunfo ante los ingleses y no mostró aristas en los tiros a palos, la única faceta frágil del dignísimo sucesor de Dan Carter. Sexton, autor de la acción de la temporada con su lejano drop con el tiempo cumplido en París que a la postre valió un Grand Slam, es el único candidato de su hemisferio a un galardón que lleva seis años seguidos en manos neozelandesas. Será difícil buscar una mácula al año irlandés si se imponen a los All Blacks.

Su imponente segunda línea, con Brodie Retallick y Sam Whitelock, sostuvo a los oceánicos en Twickenham, y Hansen repite el grueso de esa alineación. Los focos en Irlanda están en su centro neozelandés, Bundee Aki –respetado por rechazar una suma cuantiosa por jugar en Francia y alistarse en la modesta provincia de Connacht– y Kieran Marmion, el medio-melé que debe suplir a Murray. Otro examen de fondo de armario. Acierta Hansen al decir que lo mejor que le pudo pasar a Irlanda fue quedarse en cuartos en 2015. Se han ganado desde entonces el máximo respeto de los All Blacks. Dos países que apenas suman 11 millones de habitantes discuten la hegemonía del rugby.

Fuente: https://elpais.com/deportes/

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